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Empleo

El presupuesto de formación encuentra un propósito

El gasto en formación corporativa era una función de cumplimiento con un catálogo de cursos. Ahora se redirige a una brecha de competencias que casi todos los empleadores dicen tener.

Priya Raghavan · Corresponsal de Mercados
7 de septiembre de 20262 min de lectura
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Personas sentadas en una sala de formación frente a una pantalla de proyecciónQuilia via Unsplash
Un presupuesto con un propósito declarado se comporta distinto de uno con un catálogo de cursos.Quilia via Unsplash

La formación corporativa ha pasado dos décadas como una función que nadie medía. Los presupuestos se defendían con tasas de finalización, los cursos se asignaban en lugar de elegirse y la relación entre el gasto y la capacidad se afirmaba sin demostrarse.

Eso está cambiando porque la brecha se volvió concreta. Las cifras del sector sitúan la inversión en formación corporativa por encima de los cien mil millones de dólares y al alza, con la preparación digital y en inteligencia artificial como prioridad declarada para el próximo año.

Una carencia concreta se financia mejor que una genérica. Decir que la plantilla necesita desarrollarse compite mal por presupuesto; decir que la mayoría de la plantilla no sabe usar la herramienta que se le acaba de desplegar, no.

La brecha que se reporta es grande y autoevaluada, lo que conviene sostener con cierta distancia. Una mayoría sustancial de compañías dice carecer internamente de las competencias relevantes, y las carencias autodeclaradas han seguido históricamente a la ansiedad tanto como a la capacidad real.

Adónde va el dinero informa más que cuánto hay. El gasto se concentra en una banda estrecha de capacidad práctica y no en alfabetización amplia, porque el resultado medible es si la herramienta desplegada acaba usándose.

Esa estrechez es una fortaleza para el presupuesto y una debilidad para la plantilla. Enseñar a alguien a manejar un sistema concreto eleva la utilización de este trimestre y hace poco por su posición si el sistema se sustituye.

Los mayores programas han salido de las compañías que venden la tecnología, lo que es una aportación genuina y no neutral. Una credencial financiada por un proveedor es formación y marketing a la vez, y el temario refleja ambos propósitos.

La cuestión distributiva es la que peor responden los empleadores. El gasto se agrupa en los empleados que ya están cerca de la tecnología, y quienes ocupan los puestos más expuestos a la automatización con frecuencia no son los que reciben la recualificación.

Es una asignación racional para una empresa y mala para un mercado de trabajo, y ningún empleador está en posición de corregirla por su cuenta.

El cambio real es que el presupuesto ya tiene una tesis. Si produce capacidad duradera o un número elevado de certificados no se verá en varios años, que es más o menos lo que estos programas necesitan para poder juzgarse.

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