La tasa de intercambio se acuerda, por ahora
Dos décadas de litigio han producido un acuerdo que baja algo las tarifas y afloja las reglas. Los grandes comercios prefieren ir a juicio.
La tasa de intercambio es lo que paga un comercio cada vez que un cliente acerca una tarjeta, y la discusión sobre quién la fija lleva en los tribunales estadounidenses desde 2005. Ha desembocado en un acuerdo, y los comercios para los que se planteó no están satisfechos.
Los términos mezclan una concesión pequeña en precio con un cambio mayor en las conductas. La información sobre el acuerdo describe una rebaja moderada de tarifas durante varios años junto a topes y más libertad para repercutir recargos y para elegir qué categorías de tarjeta debe aceptar un comercio.
La rebaja de tarifas es la parte que se lee como pequeña, porque lo es. Una reducción medida en fracciones de punto porcentual importa a escala y no cambia la estructura que originó el conflicto.
Las condiciones de conducta son la parte sustantiva. Las reglas que obligaban al comercio que aceptaba una tarjeta a aceptarlas casi todas, y que limitaban orientar al cliente hacia medios de pago más baratos, son las que sacaron la competencia en precio del sistema.
Por eso las objeciones vienen de los grandes minoristas y no de los pequeños. La información sobre la oposición describe a grandes grupos del comercio dispuestos a arriesgarse a un juicio antes que aceptar los términos, una posición que solo sostiene un demandante con recursos.
Su cálculo es sencillo. Un acuerdo cierra la reclamación durante mucho tiempo; un juicio podría producir un remedio estructural. Un gran comercio con una factura grande en comisiones tiene balance para preferir lo segundo.
Los comercios pequeños tienen el incentivo contrario y menos voz en el proceso. Una rebaja moderada que llega pronto vale más para un negocio de márgenes estrechos que un resultado mejor situado a varios años y una apelación de distancia.
Las cláusulas sobre recargos son donde el consumidor puede notar algo. Más libertad para repercutir el coste significa más cajas mostrando una comisión por tarjeta, lo que traslada a la vista un coste que era invisible y no gusta a todo el mundo.
Si eso es un avance depende de cuál se crea que es el problema. Una comisión incorporada al precio de venta la pagan todos, incluidos quienes pagan en efectivo; una comisión mostrada en caja la paga quien elige el medio de pago.
El acuerdo no es firme y las objeciones siguen vivas, de modo que la respuesta práctica para quien construya sobre la economía de las tarjetas es que la tarifa está más o menos estable y lo que está a punto de cambiar son las reglas.